Una estirpe de petisas.
De Patricia Zangaro
Cuando vi el vestido, me di cuenta de que era bajita, como yo.
Todavía tiene las manchas, me dijeron, no quisimos lavarlo.
Yo sólo miraba el talle, y aquel ruedo corto. Apenas me lo
probé, supe que había sido mi mamá.

Melina Petriella en el acto de lanzamiento teatroxlaidentidad 2002
(Fotografía de Martín Zabala)
Qué suerte. Era bajita, como yo. Las manchas son de sangre.
Su sangre. La mía. Siempre quise ver el vestido de parto.
Pero la mujer alta no tenía ninguno. Las cosas sucias se
tiran, me decía. Tampoco yo quise lavarlo. Por el olor. Es
como tenerla viva. La mujer alta olía a detergente. Y la
casa. Y mis juguetes. Qué suerte. Era bajita. Como yo. Y
como la abuela. Y como la abuela de mi abuela, que vi en aquellas
fotos de mujeres petisitas. Sentía mucha pena cuando aquel
brazo largo me pegaba. Y no menos pena si me daba una caricia. La
mujer alta no tenía fotos. Las paredes blancas y desnudas.
Limpieza de hospital. Mi madre parió atada a la camilla,
me dijeron. Las compañeras guardaron el vestido. Me gustan
las fotos viejas. Con pollera larga, con jeans o minifalda. Una
estirpe de petisas. Con una inyección le cortaron la leche,
me arrancaron de sus brazos, y un gendarme me entregó envuelta
en un paquete. A la mujer alta le gustaban los regalos bien envueltos,
con papeles brillantes, con moños, bien prolijos. Se enojaba
cuando yo rasgaba el envoltorio en el apuro. Y volvió a enojarse
cuando abrí el paquete y vi el vestido. Desde entonces nunca
quise volver a la la casa desnuda. Porque mi madre era bajita. Como
yo. Y como mi abuela. Y como la abuela de mi abuela. Y tal vez como
mis hijas. Y las hijas de mis hijas.
