Mi hijo tiene ojos celestes.
De Mariana Eva Perez.

Gabriel Galindez en el acto de lanzamiento teatroxlaidentidad 2002
(Fotografía de Martín Zabala)
MUCHACHO: Mi hijo tiene ojos celestes. Yo tengo ojos marrones,
la mamá también. Si nosotros tenemos ojos marrones,
algún abuelo debía tener ojos azules. Pero ellos también
tenían ojos oscuros, más oscuros todavía que
los míos.
No puedo decir que ahí comenzaron las dudas. Pero a partir
de ahí las dudas empezaron a hablarme en voz alta.
Dicen que los ojos de los bebés se oscurecen al cabo de unos
meses. Más de seis meses vigilé cada mañana
los ojos de mi hijo, esperando que se le oscurecieran. Pero no hubo
caso. Sus ojos seguían celestes cada mañana, cada
día más precisos, fijándose en cada detalle,
reconociendo la cuna y los juguetes y a mamá y a papá.
Redondos como signos de interrogación. Interrogándome.
Más de seis meses esperé que sus ojos se volvieran
marrones como los míos, oscuros como los de los abuelos.
Así como esperaba alguna señal de que estaba equivocándome.
Que en algún cajón de alguna tía abuela aparecieran
fotos mías de recién nacido o del embarazo de mi vieja,
o que me salieran canas como le salieron a mi viejo a los veinte
años. Pero no hubo caso. Por más fuerza que hice,
no me salieron canas, ni aparecieron fotos, ni los ojos de mi hijo
cambiaron de color. Todo era de pronto tan definitivo como lo había
sido siempre.
Ahora sé que mi viejo, el biológico, tenía
ojos celestes y me trasmitió el gen recesivo que yo le trasmití
a mi hijo. Sé también que no hay ninguna enfermedad
hereditaria en la familia. Porque mientras esperaba y dudaba y sentía
tanto miedo de perderlo todo que me paralizaba, me mataba esa pregunta:
¿y si además de los ojos celestes, le estoy trasmitiendo
a mi hijo alguna enfermedad que desconozco? Ahora sé que
no. Que no hay enfermedades. Que en la familia de mi viejo hay un
cuento de una rana que nos vamos contando de generación en
generación y que ya me aprendí de memoria de tanto
escuchar a mi tía contárselo a mi hijo. Que nos gusta
el picante. Que en la familia de mi vieja somos torpes con las manos.
Y que mi abuela tiene unos ojos celestes enormes y hermosos, como
los ojos de mi hijo.