Manos grandes.
De Mariana Eva Perez

Karina Beorlegui en el acto de lanzamiento teatroxlaidentidad 2002
(Fotografía de Martín Zabala)
MUCHACHA: El juez me invitó a pasar al despacho del secretario.
Allí me esperaba mi familia, dijo. Familia, dijo, y yo me
imaginé una multitud de tíos y primos. No ese viejito
que se adelantó enseguida, arrastrando los pies, apenas pasé
la puerta. El juez dijo que era mi abuelo paterno. Arrastrando los
pies vino hasta mí. Sus manos buscaron las mías, con
un gesto brusco. Pero cuando tomó mis manos y las tuvo en
las suyas, y las contempló, fue pura tibieza, como si estuviera
acunando un pájaro en el hueco de las manos. Y dijo, en voz
baja pero firme: "Tiene las manos grandes, como mi nieta".
Nos quedamos en silencio y luego repitió: "Tiene las
manos grandes, como mi nieta".
Yo era una beba de veinte días cuando pasó lo que
pasó. Él me vio sólo dos veces.
No me soltaba. Sostenía mis manos con el mismo cuidado y
la misma seguridad con que se toca un pájaro asustado. El
juez le repitió lo mismo que acababa de decirme a mí:
que los análisis genéticos daban 99.99% de probabilidad
de inclusión. Pero el viejo no me soltaba.
Después dijo: "Mi nietita tiene un lunar en la cadera
en forma de aceituna". Y me soltó, y se quedó
mirándome, esperando tal vez que allí mismo, en el
despacho del secretario, me bajara los pantalones para que él
pudiera ver este lunar espantoso que siempre odié. La mujer
que me crió decía que era un antojo. Cosas de gente
vieja. Que cuando estaba embarazada tuvo antojo de aceitunas negras
y que por eso yo había nacido con esa marca, la marca de
su antojo.
Yo le creía. (Como quien hace una travesura, se baja apenas
el pantalón, busca el lunar en la cadera y sonríe
de pronto, divertida).
Mi abuelo dice que a mi papá le gustaba mucho mi lunar.
Que cada vez que me cambiaba los pañales, me daba un beso
ahí. Mi papá pintaba. Y mi abuelo cuenta que mi papá
decía que era una mancha de tinta china con la que él
me había marcado para siempre. A mi mamá le daba un
poco de pena pensar que tal vez yo nunca iba a querer ponerme bikini
por culpa del lunar. Tenía razón. Pero mi papá
decía que ese lunar era como su firma al pie del cuadro,
de su cuadro más logrado, que era yo.
Eso me contó después mi abuelo. Ese día, después
de que yo le dijera que sí, que tengo un lunar en forma de
aceituna en la cadera, apenas dijo, como si estuviera hablando solo:
"entonces sí, es mi nietita, porque mi nietita tiene
las manos grandes y un lunar en la cadera".