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“Hay
imperios que pierden sus colonias y hay colonias
que pierden su imperio cuando dejan de serles
necesarias a éste.” La reflexión de Arturo
Jauretche pone el dedo en la llaga, en la herida
más lacerante para el país que, según las efemérides
y los manuales de historia, “celebra”
un aniversario más de la independencia nacional.
“Tengo 74 años y me tragué toda la mentira
histórica que me enseñaron en la primaria, no
sé qué representa esta fecha porque me pregunto
de qué independencia hablamos”, confiesa
Alba Lanzilotto, secretaria de Abuelas de Plaza
de Mayo. Ariel Barchilón, autor de El Manchado,
pieza que participa en Teatro por la Identidad
(ver recuadro), dice que el 9 de Julio es un anhelo,
algo que todavía no existe. “La nuestra
es una independencia nominal: tiene signos, símbolos,
pero detrás de ella no hay acciones que la transformen
en una realidad.” Si para Jauretche “descubrir
las zonceras es un acto de liberación”,
la lucha de las Abuelas, maestras en la destrucción
del arte de la mentira, no se agota en la recuperación
de los chicos que siguen viviendo bajo la máscara
de una identidad aparente.
Además de Lanzilotto y Barchilón, participaron
en un debate convocado por Página/12 Luis Rivera
López, Cristina Merelli y María Figueras. La idea
central fue analizar como cómo influye la independencia,
todavía nominal a 186 años de su declaración formal,
en la construcción de identidades. Merelli, autora
de Vengo por el aviso, contó que siempre asoció
esa fecha histórica con las palabras libertad
y dignidad. “Sin embargo, siento que vivimos
en la prehistoria del 9 de Julio porque estamos
sometidos y esclavizados.” Los chistes son
instrumentos sociológicos ineludibles a la hora
de analizar y reflexionar sobre los problemas
endémicos del país. Uno de ellos afirma que “los
argentinos no descienden del mono sino de los
barcos”.
Lanzilotto se sumergió en esta concepción para
dilucidar por qué el argentino no tiene identidad
o, en caso de tenerla, para vislumbrar las causas
por las cuales esa identidad se parece a un puñado
de arena perdida entre los dedos. “La mayoría
dice que proviene de familias españolas o italianas.
Entonces los argentinos venimos de los barcos,
de algo que se mueve, que no tiene anclaje o raíces
fijas en la tierra. Pero los argentinos también
descendemos de los aborígenes. Los que nos enseñaron
la historia, los políticos y la intelligentzia,
siempre han vivido con los ojos puestos en otros
países, especialmente los europeos. Ningún argentino
se quería parecer a los países latinoamericanos
como Brasil Perú o Bolivia. Había que imitar a
Francia y hablar francés. Nos metieron todo eso
en la cabeza y han hecho tal cóctel que no sabemos
de dónde venimos —grafica Lanzilotto—.
Por eso a las Abuelas nos parece que los países
que no tienen identidad son como hojas al viento.
Los chicos apropiados son un ejemplo de cómo les
han hecho perder su identidad y los han llevado
para donde querían los apropiadores.”
La actriz María Figueras, que protagonizará el
monólogo Instrucciones para un coleccionista de
mariposas, escrito por Mariana Pérez (hija de
desaparecidos que hace dos años se reencontró
con su hermano apropiado), admite que durante
los ensayos de la obra, dirigida por Leonor Manso,
pudo reconocerse en la historia de Mariana. “Mientras
haya chicos que desconocen sus orígenes todos
estamos a la deriva y la única posibilidad es
que reine el caos”, comenta la actriz. “Por
eso esta unión, Teatro por la Identidad, funciona
tan bien. Los actores y los directores transitamos
por diversas identidades para experimentar si
encontramos alguna que nos quepa”, sugiere
Rivera López. Las preguntas sobre el pasado, todavía
sin respuestas definitivas, regresan una y mil
veces con el mandato de articular un hilo conductor
para evitar la repetición de las aberraciones
cometidas.
“Tenemos una identidad muy frágil y bombardeada,
construida históricamente sobre el exterminio
–precisa Barchilón–. Se exterminó
primero a los indios, luego a los gauchos y, en
la década del ‘70, a loshijos de las Abuelas
de Plaza de Mayo. A partir del último genocidio,
la ausencia de los desaparecidos comenzó a constituir
un nuevo tipo de identidad para un sector de la
sociedad argentina. El problema es que tenemos
una identidad falseada y confusa. No podés definir
bien qué es ser argentino, pero intuís que algo
es.” Barchilón relaciona este problema estructural
con el trabajo que realiza el teatro en particular.
“En este ciclo pensamos la identidad a partir
de la ausencia, vinculada con un poder, que aniquiló
identidades, las robó y las maquilló, como la
de los niños apropiados, que están vivos biológicamente
pero no lo están en relación con su propia historia
familiar y social”, aclara el dramaturgo.
Lanzilotto considera que la restitución de la
identidad de los chicos es un paso esencial hacia
la identidad del conjunto de los argentinos. “Las
personas saben que a toda madre o abuela, incluso
aquellas que tienen una ideología de derecha,
que les roban un hijo o nieto, inmediatamente
lo salen a buscar hasta el último día de su existencia.
Reconocen la importancia de que ese hijo conozca
quiénes son sus padres”, subraya la secretaria
de Abuelas de Plaza de Mayo. Barchilón bucea en
la epidermis de la historia argentina y recuerda
una masacre etiquetada bajo el eufemismo de Campaña
del Desierto: “El general Roca mató a 20.000
indios en 6 meses. Poca gente sabe que fueron
tantos y que mataban a las mujeres y a los niños”.
Sin duda esta metodología fue el preludio de los
siguientes exterminios, por el modo deliberado
de sacrificar las vidas de los sobrevivientes.
“Los niños que se salvaron fueron sacados
de la Patagonia y repartidos en todas las provincias
del norte, separados de sus hermanos para destruirles
la lengua y la identidad. El poder tiene la capacidad
de construir identidad destruyendo otras. Esto
hizo la dictadura en términos ideológicos –compara
Barchilón–. La justificación que utilizaban
para sustraer a menores era que los salvaban de
la perversión de sus familiares subversivos.”
Figueras observa que, por estos motivos, la identidad
de su personaje está en carne viva. “Mariana
estuvo buscando a su hermano durante toda su vida,
junto con sus abuelas y abuelos. Se llama Guillermo,
según los apropiadores. Para Mariana y sus padres
su nombre es Rodolfo. Ella escribió su propia
historia para hacer una catarsis, similar a la
de las tragedias griegas. A través de una coleccionista
de mariposas, la autora narra cómo se reencuentra
con su hermano y cómo deja libre a ese hermano
imaginario, que la acompañó durante toda su infancia
y adolescencia”, anticipa Figueras. “La
diferencia con la tragedia griega, que se origina
en fuerzas o dioses imponderables, es que la tragedia
argentina fue sistemáticamente organizada por
personas que suponíamos semejantes a nosotros.
La planificación alcanzó grados de perversión
tan terribles que se sintetiza en el dolor de
los chicos apropiados que, en los casos que no
fueron maltratados por sus apropiadores, sienten
que deben agradecerles algo. Así viven en una
permanente contradicción. Los militares han planificado
el sufrimiento de nosotros para siempre”,
advierte Lanzilotto. El porvenir, a veces más
nítido o más lúgubre, se presenta como una batalla
cotidiana contra la impunidad. “Los enemigos
tienen casi todo el poder. Nosotros podemos ejercer
el otro pedacito pero tenemos que trabajar mucho
para extender esa porción. El poder de la gente
es todavía pequeño porque las opiniones están
muy divididas”, apunta Rivera López.
“La clase media conoce que el proyecto social
y económico para el país es la pobreza y expropiación
de los bienes. Transitamos por un momento de gran
negatividad pero justamente en esas situaciones
se construye identidad. Los pueblos han fortalecido
sus identidades en las guerras, en las pestes
o en los exilios. También hubo pueblos vencidos
que desaparecieron. Eso podría suceder en Argentina
porque tenemos una identidad muy frágil”,
explica Barchilón. Por otra parte, Lanzilotto
piensa en la palabra poder desde la perspectiva
del hacer. “Creo que se logró que salgan
a la calle los que antes estaban mirando lo que
pasaba por la televisión. Tenemos la obligación
de que esos pequeños poderes sehagan realidad
en un mayor número de personas. Los enemigos están
unidos y no se hacen muchos problemas como nos
hacemos nosotros. Las Abuelas y las Madres, que
hemos sido víctimas de desencuentros, debemos
conseguir que todos puedan ejercer su cuota de
poder. La educación y el conocimiento son armas
que sirven para pelear”, concluye la secretaria
de Abuelas.

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